¿Es mejor drogar o provocar síndrome de Estocolmo?


En un primer momento abrigue la posibilidad de mantener drogada a mi protagonista. La necesitaba sumisa pero despierta.
Al hablar con una buena amiga, Elisabeth Busquets, que en breve publicará su primera novela, me lo desaconsejó. Me proponía un método mejor, provocarle un síndrome de Estocolmo y que fuera ella misma una parte activa de la acción.
Me pareció genial su propuesta. Me puse a imaginar qué haría yo si decidiera doblegar la voluntad de alguien… Y este es el resultado hasta el momento

luz1

[…]
De repente todo se llenó de luz. Se cegó. Un intenso dolor en los ojos y una total desorientación la sacaron del ensimismamiento. Estaba dolorida. Quería gritar, necesitaba gritar, pero podían el cansancio y una incomprensible falta de voluntar. Se quedó quieta. De nuevo la noche, y un ruido de pasos que se acercaban. Y de nuevo una luz, esta vez más potente que la anterior, le apuntó directamente a los ojos. Movía la cabeza para zafarse del dolor, pero la luz se movía como si tuviera vida propia. Después habló, una voz que salía de detrás a aquel rayo hiriente le decía que se calmara. Hasta que no estés calmada no podrás salir de aquí, le decía dulcemente, y queremos que salgas.
Volvió a recordar su embarazo e intentó comunicarse con aquella negrura que hablaba. Pero no pudo. La lija de su boca apenas dejó ir un hilo de voz. No hables, obtuvo por toda respuesta. Bebe, le dijo, mientras notaba que una mano le levantaba la cabeza y un vaso aparecía de la nada para posarse en sus labios.
Antes de beber intentó olisquear el vaso, no de forma consciente, la guiaba el instinto, pero la sed podía con cualquier asomo de racionalidad. Sintió como el vaso se acercaba y se alejaba, permitiéndole apenas unos sorbos que no sabían a nada. Poco a poco se fueron alargando, el siguiente vaso lo pudo degustar entero.
Sintió como la vida la llenaba de nuevo y se vio capaz de hablar, pero también ahora fue imposible. Apenas había articulado un par de sonidos y unas manos terribles la amordazaron. No quiero que hables, fue la orden que escucho. Se calló por dentro y su cuerpo se tensó como el de un atleta antes de la prueba, qué va a pasar.
Notó como unas manos, quizá las mismas de antes, le subían la falda y le quitaban las bragas. Con suavidad, con la lentitud del cazador que juega con la presa para prolongar su éxtasis de sangre. Después, con todo el cuerpo crispado, sintió un frío metálico que iba cortando el vestido hasta llegar al límite del esternón, donde lo separó en dos. Jamás se había sentido tan desnuda, pero no podía dejarse llevar por el pánico, no por su hija, no por ella. Debía pasar por ese trance del mejor modo posible. Accedería, se relajaría, se entregaría en la medida de lo posible. No era una experiencia nueva entregarse a un hombre, aunque ese hombre fuera ahora un monstruo.
Nada sucedió como esperaba. Las manos que se movían al ritmo del haz de luz hicieron palanca en su espalda y la giraron suavemente hasta sacarle el vestido, después, sin cambiarla de postura, estiraron de algo que parecía ser una sábana.
Escuchó ruido de agua, gotas de agua cayendo en algún recipiente. Después, el escalofrío inevitable que acompañó a lo que intuyó una esponja húmeda sobre la piel, y la sensación de ir sintiéndose limpia. Siento que el agua esté un poco fría, le decía la voz mientras la lavaba.
Ese acto, esa especie de ternura, la sumieron en un mar de contradicciones. De un lado se sentía aliviada, pero también deseaba escupirle a la cara. Se sintió totalmente estúpida por esos pensamientos ¿Qué pensaba, que por el hecho de haberle proporcionado una sesión de higiene íntima no iba a hacer ahora lo que pensó cuando la desnudaba?
Tampoco ahora sucedió lo que creía inevitable. La Luz, que ahora iba tomando forma en su cabeza, le hablaba de la perfección de sus formas mientras la vestía con sumo cuidado. Sé que no es la ropa que hubieras escogido, Alba, pero es de la que disponemos. Te volveré a poner un empapador seco y te dejaré descansar. Tú decidirás cuándo salir de aquí
La voz sabía su nombre ¿Sabía ella el de su captor? Ahora, liberada del aturdimiento, la iba descodificando, pero no era reconocible. Voz, que parece de viejo, lenta, de quién es la voz que me dice que no me mueva, que si me muevo me dolerán las ataduras. Me trata bien. Si me trata bien es porque no quiere hacerme daño Y ahora todo es oscuro de nuevo, y huele a humedad, y tengo sueño. Qué me ha puesto en la bebida.
No debí haber bebido.
No debí subir al coche
No debí venir a Oviedo.
No…

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Ideas, Notas y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a ¿Es mejor drogar o provocar síndrome de Estocolmo?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s